Cuando duele en casa, duele el alma

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Imagen: David Caballero
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Cuando duele en casa, duele el alma

“Las madres han de aceptar la evaluación psicopedagógica y el dictamen de escolarización aunque éste sea excluyente (…) El poder de la institución, que se basa en la normalidad como organizadora de la realidad, se dirige así también a disciplinar a las familias y a devaluar sus culturas y lenguajes cuando se desvían de ella (…) Los profesionales necesitamos subvertir lo que hemos entendido que es nuestra tarea, porque de lo contrario seguiremos excluyendo”

Ignacio Calderón Almendros

 

“[…] las diferencias son alejadas de la desigualdad que las condiciona. De esta forma, la hermosa diversidad, el valor de la diferencia, puede encerrar también la pobreza, la miseria, el fracaso y la segregación escolar, la desventaja o la exclusión social con la naturalidad con la que hablamos de la biodiversidad. Pero no nos engañemos: no estamos hablando aquí de diversidad humana, sino del tratamiento desigual de las personas justificado en diferencias sociales, culturales o biológicas, con la intencionalidad de defender un determinado orden social.

[…] hay toda una lógica de control a través de la normalización que atraviesa las instituciones educativas y los itinerarios que transitan los colectivos en desventaja. Una red de instituciones, programas y actuaciones de las que es extremadamente difícil salir. Son lo que Foucault (2003) llama “instituciones disciplinarias”, que conforman un determinado orden social con la utilización del castigo y la recompensa, y en el que cada conducta particular es normalizada y distribuida o, por el contrario, sirve como agente normalizador para el resto.

[…] las madres de niños y niñas etiquetados como con necesidades específicas de apoyo educativo, que han de aceptar la evaluación psicopedagógica y el dictamen de escolarización aunque este sea excluyente. Se hace entrar a la familia en la práctica discursiva del profesional, en la que el niño o niña pasa a convertirse en patología. De lo contrario, cuando una madre defiende, por ejemplo, el derecho de su hijo a estar escolarizado en un aula ordinaria a pesar del criterio profesional, se patologiza la conducta: o le “ciega” el amor de madre, o simplemente es tildada de “loca”. El poder de la institución, que se basa en la normalidad como organizadora de la realidad, se dirige así también a disciplinar a las familias y a devaluar sus culturas y lenguajes cuando se desvían de ella.

[…] En resumen, las instituciones, y muy concretamente la escolar, roban el lenguaje y el discurso al alumnado y a sus familias, lo que las deja desarmadas ante prácticas que conducen a las personas a itinerarios excluyentes, a la cosificación y a la muerte social y educativa. Y se trata de una realidad que recorre a diferentes colectivos: inmigrantes, poblaciones empobrecidas, alumnado de clase trabajadora, personas homosexuales… Todos ellos son definidos por las escuelas, y el lenguaje (como discurso y práctica) de las escuelas les obliga a abandonar sus demandas. Los colectivos, uno a uno, van siendo desarmados y desmovilizados, en buena medida a través del poder de la normalidad; sus diferencias son transformadas en identidades definidas por el poder. En ese proceso se obliga al alumnado a conformar un esquema dicotómico excluyente: camuflarse en la norma renegando de las diferencias o convertirse en lo contrario, en lo anormal.

Por tanto, los profesionales necesitamos subvertir lo que hemos entendido que es nuestra tarea, porque de lo contrario seguiremos excluyendo. ¡Estamos excluyendo! Pero podemos deconstruir las exclusiones que ha generado el orden actual, aceptando las diferencias por encima del proyecto cada vez más homogeneizador que se ha instalado en las escuelas. La escuela de los estándares y el acatamiento no es la única posible. Cabe aceptar el conflicto por encima del orden. Como el conflicto que llevó a las personas de color a las escuelas hasta entonces de blancos; como el que condujo a las mujeres a las escuelas acaparadas por los hombres. Es necesario romper con ese discurso fragmentado (por colectivos, por áreas de conocimiento, por teorías diferenciadas y excluyentes) que sigue sumiendo a determinadas personas en sus situaciones de opresión y exclusión por su funcionamiento. Los análisis y las propuestas de intervención han de venir a deshacer esta profunda segregación histórica. De ahí el valor de desbordar las teorías existentes y sus lógicas.”

 

Texto: Ignacio Calderón Almendros

Fuente: Cuadernos de Pedagogía

Imagen: David Caballero

Composición: Orientación Educativa Sistémica

Profesor de Teoría de la Educación en la Universidad de Málaga (España). Interesado en la experiencia de exclusión e inclusión educativa de personas situadas en los márgenes, especialmente desde la discapacidad y la desventaja sociocultural. Empeñado en que la escuela sea un lugar donde todas las personas podamos crear sentido.
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