Valentía para educar

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Fernanda y Zoe
Fernanda y Zoe
Valentía para educar

No es cierto. Nadie se hace a sí mismo, como si pudiéramos construirnos al margen de nuestro entorno. Esa es una de las falacias de una sociedad individualista que requiere de la escuela una respuesta contundente: somos seres sociales, y debemos buena parte de quienes somos a los demás, especialmente a nuestras familias. Por eso, las escuelas y los docentes tenemos tanto que aprender de ellas, porque en ellas podemos encontrar los esquemas de nuestro alumnado, sus culturas de pertenencia, sus dificultades y retos… sus mochilas experienciales.

Sin embargo, a menudo lo que hacemos es robar el lenguaje y el discurso al alumnado y a sus familias:

 

“Aquí no se viene a jugar. Aquí se viene a aprender”, escuché en una ocasión.

Sustituimos el movimiento por psicomotricidad, y le damos unas horas a la semana; así hemos convertido el movimiento en excepción.

La comunicación la cambiamos por una asignatura que llamamos Lengua, y que a menudo impide hablar. Y comunicarse, de paso, queda prohibido.

Los aprendizajes los cambiamos por notas, y al conseguirlas obviamos el valor de lo aprendido, que se convierte en la anécdota.

A un niño lo convertimos en un autista, y le obligamos a serlo mientras decimos sin pudor que su madre no lo acepta. Y lo que no acepta es que su hijo esté en otro mundo, porque ella quiere que esté en el nuestro, pero los profesionales ya le hemos robado el lenguaje.

 

Esta forma de proceder desarma al alumnado y sus familias ante prácticas que conducen a muchos niños y niñas a itinerarios excluyentes, a la cosificación y a la muerte social y educativa. Se trata de una realidad que recorre a diferentes colectivos: inmigrantes, poblaciones empobrecidas, alumnado de clase trabajadora, colectivo LGTB+,  niños y niñas estigmatizadas con la discapacidad… Todos ellos son definidos por las escuelas, y el lenguaje de las escuelas les obliga a abandonar sus demandas. Estos colectivos, uno a uno, van siendo desarmados y desmovilizados, en buena medida a través del poder de la normalidad; sus diferencias son transformadas en identidades definidas por el poder.

Todo esto, aunque pueda no parecerlo, no es algo ajeno al profesorado. Los maestros y maestras, el profesorado de cualquier materia, orientadores, especialistas… Todos ellos fueron objeto en su día de una gran transferencia de poder que les convirtió en docentes: el poder de  definir al otro. Los docentes nos hacemos agentes de un proceso en el que se obliga al alumnado a conformar un esquema dicotómico: camuflarse en la norma renegando de las diferencias o convertirse en lo contrario, en lo anormal. En esta situación nos encontramos, aunque no nos guste pensarlo y mucho menos decirlo.

Hay que revolver las aguas mansas de la escuela segregadora y homogeneizadora, y eso tiene que nacer de las experiencias de la gente. De experiencias reales, que duelen en los cuerpos y las mentes de personas que tenemos alrededor, a pesar de que no queramos verlas. Como cuando un estudiante de Magisterio de Infantil lloró mientras hablábamos en clase de las historias de vida de niños en desventaja sociocultural. Hace unos días, en su trabajo final escribió:

 

“Algunos días me lo has hecho pasar regular -me decía- pero lo que no imaginas es cuánto te lo agradezco. Eso sí, confieso que en algún momento hubiera corrido como un niño pequeño a que me abrazaras, y es que al final, lo que vives en la infancia te marca, es algo que va intrínseco contigo, algo de lo que no te puedes separar aunque duela.”

 

Un niño herido en el interior de mi alumno. ¡Qué etapa sensible es la infancia! El daño, pero también los cuidados y el afecto, nos acompañan para toda la vida y pasan a formar parte de nosotros mismos. ¿Cómo podemos obviar esto, que es lo sustancial, para dedicar nuestros esfuerzos a lo anecdótico?

Tengo una gran esperanza depositada en la educación, como la tengo en los lenguajes amorosos de las madres. Los docentes tenemos que aprender de ellas a vincularnos con cada uno de nuestros alumnos y alumnas de forma incondicional, y a asentarnos en los sueños, que pueden trascender la realidad actual. El mundo es así hasta que decidamos que cambie, y cada día puede constituir una fiesta para que esas transformaciones necesarias se produzcan. Como maestros una gran responsabilidad para alimentar las necesidades educativas reales de los niños y las niñas, que no las dicta ningún informe internacional. Muchas de esas necesidades son emocionales, otras tantas requieren un desafío al poder, y todas ellas requieren un profundo respeto al ser humano.

Tengo esperanza en la educación, sí, como un proceso esencialmente humano y que trasciende enormemente el rendimiento. Pero por encima de todo tengo esperanza en las personas, y en especial en aquellas que ejercen el magisterio. He conocido a maestros y maestras excepcionales, y a futuros docentes dispuestos a subvertir el poder que se les transfiere para devolver el lenguaje y la palabra a los niños y sus familias. Se necesita valentía para hacerlo. A veces, esa valentía se manifiesta con un abrazo, como decía mi alumno. Quizás la mejor herramienta con la que prepararnos sean las actitudes y los lenguajes de nuestras madres y de las madres de nuestro alumnado. Porque no, nadie se hace a sí mismo. Y no es fácil aceptar nuestras limitaciones.

Se necesita valor porque es una compleja tarea la de educar, y porque la verdadera educación es un acto revolucionario que anida dentro de las personas y en el espacio que hay entre ellas. Se necesita valentía para educar de verdad hoy, y la determinanción a valorar las diferencias. Adelante.

 


Este texto contiene algunas de las ideas del Discurso del Acto de Graduación del Grado en Educación Infantil (Universidad de Málaga, Promoción 2013/17, Grupo A), que tuve el honor de hacer el 17/06/2017. Vaya hacia todo mi alumnado mi eterna gratitud por su aprecio, por sus cuidados y por su disposición a seguir cambiando El mundo junto a mí, empezando por nosotros mismos.

Profesor de Teoría de la Educación en la Universidad de Málaga (España). Interesado en la experiencia de exclusión e inclusión educativa de personas situadas en los márgenes, especialmente desde la discapacidad y la desventaja sociocultural. Empeñado en que la escuela sea un lugar donde todas las personas podamos crear sentido.
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11 comentarios en “Valentía para educar

  1. Este texto deberia ser el master que deberiamos pasar todos los maestros y desde luego los tecnicos en la educacion de la administracion, y aprobarlo con nota.
    Este mejoraria la escuela y las familias se sentirian acogidas por los pedagogos

  2. Desde la atalaya de un viejo maestro de educación especial y audición y lenguaje te mando un fraternal abrazo agradecido por abrir las puertas y ventanas a esta Educación que tantos demuelan en mantener en siglos anteriores a la Ilustración. Tus palabras nos dejan una esperanza para que nuestro país tenga algún dia un modelo educativo de calidad que tanto necesita. Gracias por mantenernos a los más viejos docentes la ilusión por nuestro trabajo .

    1. Muchas gracias, Carmelo! El otro día me decía un gran maestro que se acaba de jubilar que en otras culturas, los mayores son reconocidos en su sabiduría, y alumbran al resto. Eso tendríamos que hacer nosotros con los buenos docentes como vosotros. Un saludo y muchas gracias por tus palabras

  3. Yo como persona , se que el miedo limita, te aleja de la libertad, te hace cobarde. Como madre educadora igual, no importa la circunstancia, que nuestra discapacidad se vea o no, es muy simple si elegiste educar, haz personas lo más libres posibles, pero si uno no se siente seguro y avanza sin miedo, aún tropezando, te vas cerrando puertas a ti mismo y lo que es peor, esa seguridad que debemos transmitir para dejar confianza se va perdiendo según coges miedo…..todos somos responsables de evitar que esto pase, todos debemos saber que hacer para que no ocurra y el conocimiento está en nuestras manos, no en escusas. Súper interesante escrito, aprendamos todos, docentes , padres, especialistas, cuidadores, nunca nunca dejemos de aprender y poner en práctica lo nuevo y bueno que llega a nuestras vidas.

  4. Hola Ignacio, despues de años buscando a alguien que pensara como tu, te dire que lo que has escrito es lo que siempre he pensado, lo malo es que solo soy una madre de ya una mujer TEA, pronto cumplirá 18 años y por mucho que nos hemos esforzado las dos solo hemos encontrado muros y montañas interminables, quisiera que alguien me aconsejara, acaba de matricularse en Bachillerato nocturno, su sueño es ser maestra de religión, ya que es una chica muy espiritual, yo a veces le pido a su Dios que la ayude (aunque soy la persona mas atea del mundo) Como podria ella conseguir su sueño, que camino deberia seguir?

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