Conversar sin reservas

 

Todavía me atraviesa la excitación por lo que he vivido hace unos días. Me cuesta dormir por las noches. Me despierto mil veces. También me resulta difícil concentrarme. Y todo por un grupo de chicos y chicas. Trataré, sin suerte, de explicarme.

Durante el confinamiento del inicio de la pandemia por el COVID-19 mantuvimos una serie de encuentros para hablar sobre la escuela. Queríamos saber cómo se experimenta la vida en ellas, y qué necesita para atender a tanta diversidad como personas la habitan. Es un empeño arduo, porque se adentra en la complejidad de nuestra naturaleza: nadie es igual a nadie, y por si esto fuera poco, cada persona cambia con el tiempo. Más aún: la educación se adentra justamente en la potenciación de esta singularidad.

El reto de abrir (de verdad) las escuelas para toda la población es probablemente el mayor desafío al que se enfrentan los sistemas educativos. Y en eso nos introdujimos durante aquellas conversaciones. Todas y cada una de ellas fueron excelentes, pero la del alumnado, lo diré claro, me cautivó. Su sencillez, su forma de ir a la raíz de los asuntos, su capacidad para sobrecoger con una frase por la carga emocional que soportaban, su disposición a reconstruir a la vez que denunciaban las miserias vividas… hicieron que deseara seguir escuchándoles. Y así hicimos. Configuramos un grupo de adolescentes muy diverso con el que nos propusimos hacer un grupo de trabajo para analizar el sistema educativo desde sus experiencias y planificar la escuela que desean.

Este grupo tiene nombres y rostros: Patricia, Yasmina, Antón, Pablo, Carmen, Juan Stefan, Indira, Jorge, Leo, Zulaika, Alberto, Rafael, Martín, Malena, Darío y Mariama. No hay en él dos iguales, como no puede haberlos nunca. Construimos este grupo sobre la base de las diferencias: de clase social, de etnia, de nacionalidad, de capacidades, de orientaciones sexuales, de condiciones de salud, de identidades de género… El resultado fue un conjunto de chicos y chicas que se encontraron la primera vez embargados por la vergüenza, pero que poco a poco fue rompiendo el hielo para construir algo juntos. Siempre que pienso en el grupo se me viene a la cabeza cuando se me aparecieron por primera vez en la pantalla. Algunos de ellos y ellas encendían y apagaban la cámara, como quien se asoma ligeramente a una ventana con la intención de no ser visto… Imagino que más de una pensaría: ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué me han reunido con esta gente tan diferente a mí? Yo lo habría pensado. Saltaban a la vista esas diferencias: el color de piel, la forma de hablar, los rasgos, las maneras de pensar… Todo ponía al frente las diferencias.

Y comenzamos a hablar, y a pesar de todo lo que yo podía imaginar, se quedaron. No se fueron. Se quedaron. Nos hemos reunido periódicamente para pensar juntos desde entonces. Y de nuevo, a pesar de todo lo que yo podía imaginar, nunca hablaron de categorías: ni de color de piel, ni de síndromes, ni de nacionalidades, ni de enfermedades, ni de pobreza, ni de normalidad, ni de una orientación sexual, ni de disartria, ni de gitanos… Y sin embargo, sus análisis y propuestas iban sirviendo a todos y todas. A mí esto, un día tras otro, hacía que terminase los encuentros pensando en la increíble capacidad de consenso que tienen, y que se nos hace tan compleja a los adultos. Y esa enorme flexibilidad y plasticidad que se nos ha ido secando a los mayores, está intensamente relacionada con la actitud vital de estar abiertos a transformar lo que piensan, porque saben que no han llegado a una posición del todo concluyente. Se mostraban abiertos al diálogo sin reservas.

Me gusta esta idea: “sin reservas”, porque no implica que lo contaran todo. Por supuesto que no. Se respetaba la intimidad de cada cual, y de hecho no se habló de categorías diagnósticas o sociales, como decía. Pero sí que algunas personas fueron, poco a poco, contando algunas de las opresiones que sentían en primera persona por una escuela insensible a sus diferencias. Entonces, hablar sin reservas implicaba contar intimidades, algunas de ellas muy dolorosas, con el afán de poder construir algo juntos mayor que lo posible por cada uno de ellos y ellas. Era la entrega personal a la construcción social: la experiencia de cada cual al servicio del bien común. Fueron revisando temas, abordándolos desde las emociones, compartiendo alegrías y miserias, lecturas y propuestas, saberes, ignorancias e incertidumbres. Nos enseñaron los límites de lo que se permite pensar, de lo que es legítimo plantear y de lo que es pecado imaginar.

Todo ocurrió lentamente, como queriendo paladear lo que se decía de reunión en reunión. Una vez agotamos los temas fundamentales, se pusieron a revisar las grabaciones de cada sesión, para extraer análisis y generar propuestas. Fruto de este trabajo nació la guía “Cómo hacer inclusiva tu escuela” (de próxima publicación), en la que se dirigen a otros estudiantes para que puedan promover la educación inclusiva en sus propias escuelas. Y la lentitud se convirtió en vértigo, ya que sin darnos cuenta llegamos galopando a esta semana, en la que una parte del grupo fue a Madrid a compartir sus saberes con la Ministra de Educación, Pilar Alegría.

Durante los tres días previos se encontraron. No hicieron falta presentaciones, ni un período para superar la vergüenza. Desde el primer momento se relacionaban como si fueran vecinos. Jugaron. Y entre juego y juego estuvimos preparando la reunión con la Ministra, que se centraría en algunas de las experiencias y propuestas que cada una de estas personas había regalado al resto durante el último año de reuniones. Algunas de estas reuniones preparatorias fueron emocionantes, por lo que contaban, pero también por lo que no podían contar. A veces es más importante esto último, y se nota en los ojos vidriosos y las manos cómplices del resto, que te acarician y abrazan.

Y llegó el gran día, con algún llanto causado por los nervios camino del ministerio. Otros daban vueltas sobre sí, en un esfuerzo por aclarar ideas en solitario. No olvidaré a este grupo de cuerpos pequeños entrando en esa catedral del poder. Llegamos a la sala que habían preparado, con el número justo de sillas haciendo un círculo. Cada una estaba a un kilómetro y medio de la siguiente. Se sentaron. Entró la Ministra, tratando de quitar tensión al ambiente, pero era imposible. Las exposiciones de los chicos y las chicas comenzaron. Durante un buen rato, tras algunas de las experiencias narradas: la vivencia de la soledad, que sepulta todo lo demás; el sentir que solo un docente fue capaz de mantenerte dentro de su clase, junto a los compañeros y compañeras; la sentencia de algunos que son expulsados de la escuela sin posibilidad de réplica; el aburrimiento, que querían combatir con un currículo relacionado con sus vidas; la evaluación, que es injusta y controla cada movimiento que quieran hacer… La Ministra participaba, después de las intervenciones, adoptando el rol de la profesora de aquella clase improvisada, que trataba de animar, de quitar hierro, de recuperar lo valioso de la escuela, de limitar el alcance de las experiencias dolorosas que este grupo contaba.

Pero tres momentos lo cambiaron todo. Y ninguno de ellos vino a través de una argumentación excepcional, sino de la imposibilidad de contener la emoción que brotaba mientras Indira, Alberto y Zulaica contaban sus experiencias: la de haber sido ignorada y apartada en clase, relegada a un docente de apoyo que obligaba a desconectar del resto de la clase; la de vivir la incompatibilidad de estar enfermo con la de ser estudiante; la de experimentar una discriminación que te va haciendo más, y más, y más chica por ser gitana. Eran historias que habían decidido contar, y algunas de ellas ni siquiera habían sido escuchadas en nuestras reuniones íntimas, pero que quisieron contar allí, frente a los máximos representantes del sistema educativo y las cámaras. Entendí en aquellos momentos la gravedad del episodio que estaba presenciando: un grupo de chicos y chicas había decidido libremente traspasar algunas fronteras —la de lo íntimo, la de la vergüenza, la del dolor, la de lo que hay que esconder— por el bien común. Se sabían portavoces de otros muchos niños y niñas que sufren la discriminación y la exclusión en sus propias escuelas. El llanto nacía del dolor, sí; pero habían elegido transitar ese proceso en aquel preciso momento, y eso era un acto más resplandeciente que el Palacio en el que estábamos, y el más revolucionario que podía imaginar. Aquellas lágrimas, emoción y muestra de la vulnerabilidad —esa que es parte esencial de nuestra naturaleza humana, que hemos aprendido a esconder en sociedad— se contagiaron en el resto de las personas que estábamos en aquella sala. Sus denuncias comenzaron a ser nuestras propias denuncias, y brotaron gestos de unas y otros para atendernos y cuidarnos. Habían abierto las puertas para el bien común con solo evidenciar la fragilidad que ignoramos en las escuelas, y allí nadie quedó igual. Las voces de todos aquellos niños y niñas nos estremecieron. La Ministra de Educación y el Secretario de Estado pasaron a ser un hombre y una mujer. Ya no hubo que decir más. Solo necesitábamos escuchar. Ese es el gesto más inclusivo que existe: abrir nuestros sentidos, nuestra emoción y nuestra razón a lo que tienen que decir quienes no son yo. Y todo lo que había que decir quedaba dicho en el discurso que no tenía palabras, en el grito que no molestaba al oído sino al corazón, en un canto que clama justicia para la infancia.

Fue una sacudida colosal e inesperada. Lo que hicieron fue un acto de amor con mayúsculas. No había desesperación en sus gestos y palabras, sino esperanza, porque habían ido allí para transformar la realidad con una enorme responsabilidad. No fui consciente de ello hasta vivir lo que pasó en aquella sala. Doy gracias a la vida por haberme permitido presenciarlo, y a estos chicos y chicas por permitirme aprender tanto. La escuela no puede perderse esto.

Una última reflexión. Este grupo de estudiantes anónimos consiguió conversar con el poder sin humillar ni doblegar su propio discurso. La profundidad de sus historias son las que transformaron el discurso del poder, con un intenso llamado a las personas: las que ostentan la máxima responsabilidad política, pero también a quienes fuimos allí como investigadores. Porque no solo los cargos políticos tienen responsabilidad y poder en las escuelas. Quienes formamos parte del profesorado tenemos mucho que aprender de los estudiantes. Nosotros también somos el poder. Escucharles de verdad requiere deshacernos de la carcasa que nos impide el diálogo sin reservas. Esa es la conversación que mueve nuestras voluntades.

La mía está hoy aún más comprometida. Todavía sigo estremecido…

 

Más información sobre el encuentro: 


Agradecemos al Ministerio de Educación y Formación Profesional, y particularmente a la Ministra, su atención para recibirnos y su disposición a apoyar el trabajo realizado por estos estudiantes durante el último año. Quiero felicitar a cada estudiante del grupo de trabajo, y a todo el Equipo del Proyecto de Investigación «Narrativas emergentes sobre la escuela inclusiva desde el Modelo Social de la Discapacidad. Resistencia, resiliencia y cambio social» (RTI2018-099218-A-I00), por hacer posible aventuras como esta.

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4 comentarios en «Conversar sin reservas»

  1. Excelente texto, en el que describes Nacho, la propia experiencia vivida por estos chic@s , procesos de Exclusión, que se dan en nuestras escuelas diariamente, a medida que iba leyendo el texto, se me erizaba el vello ,, y un nudo se formaba en la entrada del estomago, no hay Derecho que siga ocurriendo esto en nuestras Escuelas, y al mismo tiempo hablemos de eficiencia, eficacia, y de rankings de la Educación, palabras tan en boga , que políticamente suenan correctas, pero la realidad es otra, la que describen muy bien los protagonistas de este texto, hablar sin reservas, es desnudarte , abrirte en canal, y narrar lo sucedido, episodios escalofriantes, que ocurren en el interior de nuestras aulas. Quiero en unas palabras felicitar a estos alumnos , por se valientes , y dejar que de sus testimonios orales seamos participes, que nos sirvan a los profesionales que trabajamos en la Educación, para pensar y ser más condescendientes unos con otros, y reflexionar sobre la Educación que queremos ver en un futuro y Sociedad. Gracias a ti Nacho por dejarnos ser participes de estos testimonios.

  2. ¡Qué alegría leer esto!, me parece muy valioso lo que habéis conseguido, pero no sólo en el terreno simbólico, creo que traerá también logros prácticos. Mucha fuerza

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